Y la veia ahí, sentada en la mesita de la cocina, todos los días con la mirada perdida con una gran desesperación por salir, por que fueran las cinco en punto, puntual para recoger sus pertenencias y ausentarse del lugar donde todo el día había estado limpiando, y recorriento, paso a paso, kimometros de piso, de duela, de cualquier material que tuviese ese lugar sobrio, donde algunos felices y otros tristes, y alguno que otro normal o anormal , se debatia por hacer que la vida valiera más la pena para alguien que nisiquiera está a veces con ellos, o que otras es sofocante para los que trabajan arduamente en las cosas del diseño. El día a día lograba por ganar para vivir, para alimentar su dignidad y su necesidad, esperando que sí el café está, o que si es hora para ver si esta todo bien en la oficina del jefe, para saber a que hora abrir después de la comida aquella puerta tan pesada y ruidosa que tenia ese lugar, para verlos pasar, satisfechos depués de sus comidas que duraban alrededor de una hora y media, y así proseguir día tras día, fuera lluvioso, fuera caliente, o nublado, alomejor y obscuro, por aquellos días de cambio de horario que hacen que uno este en algunos lugares aún y antes de las primeras horas del día, donde los rayos del sol no bajan aún.
Tranquila y dispuesta a vivir, hablando de vez en cuando por su antiguo celular de esos que son resistentes a todo, pensando en que fuera una generación anterior a lo que ahora solemos traer en nuestros bolsillos o bolsas de pantalon, en cualquier lugar que entrasen aquellos pequeños aparatos de comunicación. La escuchaba en sus platicas, la veia hablar con su amor, con sus personas queridas, y una que otra ocasión de malas noticias saber por el auricular, donde muchos tragos amargos a veces no hacian el día, y de faltas y segundos perdidos por esas llamadas que hacian alejarla de el lugar donde hacia su vida nueve horas a la semana, de ocho a cinco, como ella lo conocia: "el día", "su día", el de todos los de acá.
Y la asusté alguna vez, encontrandola tras la puerta en la que hacia sus cosas laborales, ya que entre sin avisar, y la ví caminando lentamente relajada sin nada que perder tras el cristal de la oficina donde podía ver llegar a los jefes, a los de fumigación, a los de telefonica, por cierto estos últimos muy molestos, que en alguna ocasión tuve que enojarme con ellos por la lenta atención hacia mi servicios que tenia en urgecias, en fin, así era ella, la señora de la mesita, la cuál todos los días, alrededor del medio día, veia comer, con su comida hecha en casa, con sus vasijas, con su mirada profunda viendo hacia la pared, asi día tras días, ahí estaba, otras leyendo el periodico o una revista que jamás supe de que trataban, viendola retirarse, caminando tan tranquila, por las calles de la colonia, hacia la avenida, donde tomaría el transporte público para llegar a su hogar, que días aquellos.
Solo me pregunto hasta cuando estará aca, hasta cuando dejará de trabajar para nosotros, para cuando estará en esta ciudad, o en con esta gente que no sé que trato tenga con ella, si estará agusto, y que pensará mientras hace sus cosas, quizá podría ella plasmar tantas cosas más profundas y personales que lo que yo percivo alrededor de este aire de clima, que es tan peculiar en todo el año, tras estas rejas que no se acaban de los días laborales. Ahí estará, Lucy, es como le decimos nosotros, yo a veces nisiquiera lo recuerdo, pero ella es muy importante para el lugar, para cambiarlo, para que estemos nosotros agustos con el entorno, para poder continuar contaminando y embriagando el aire de la oficina, y para recordarla a cada momento que ella logra favorecernos y hacernos el momento.